“En el último trago nos vamos” (Una propuesta patrimonial)

Joel Zamora Morales

Federico Cantú (1907-1988), “El triunfo de la muerte”, 1934.Óleo sobre tela

Las estrechas calles anunciaban recuerdos de pasos ahora lejanos. El regreso, es preciso señalar, cuando es así de inesperado, resulta más sorpresivo para el que vuelve que para los que se quedaron. Y es que la mente trashumante juguetea con el tiempo, lo hacemos a nuestro gusto. Cuando uno se va, deseamos que el lugar del que nos despedimos quede intacto para que al volver la vida sea más fácil, o en su caso, menos difícil. Pero en ese instante, recorriendo los recintos que albergaron tantos recuerdos, sus ojos se percatan que la cantera verde le es extraña, se siente distinta. El teatro, el andador y el atrio siguen ahí y sin embargo, nada es igual. Entonces, un verso se dibuja en sus labios, era cierto, uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Se le agotaron los motivos. No tenía certeza de lo que estaba haciendo ahí, quizás sí. Dudaba que el regreso augurase un nuevo comienzo. “Pues que te vaya muy bonito” exclamó a sus adentros. Tampoco sabía exactamente lo que eso quería decir.

La negación de la fiebre Patrimonial que se vive en nuestros días sería un dictamen falso e injusto para el narrador pues derrumbaría su argumento clave para el ejercicio de puro interés lúdico -subjetivo que se ha propuesto desarrollar a lo largo de las líneas que suceden este cuerpo introductorio.

La complejidad del patrimonio

La denominación de elementos propios de diversas culturas presentes y pasadas como “patrimonio”, sean estos de naturaleza material o intangible ha transitado de cumplir además de una función esencial del proyecto hegemónico de conformación de los Estados-Nación, a ejercer un papel determinante en la coyuntura que nos plantea la modernidad y que reside en el creciente interés por proteger los saberes y bienes culturales amenazados de desaparición, como las lenguas originarias y los sitios de notable valor estético e histórico; o de acaparamiento con fines mercantiles, como el día de muertos por el coloso Walt Disney ©, las especies vegetales endémicas de Mesoamérica por trasnacionales semilleras, y los singulares homenajes a la indumentaria de los pueblos originarios por parte de las casas de moda internacionales.

Si en un principio la idea de patrimonio permitió la dotación de expresiones en torno a las cuales se tejió el imaginario nacional para asegurar la cohesión identitaria, el día de hoy esta noción encuentra un gran desafío. Hemos abierto la caja de pandora de la Patrimonialización en un territorio altamente poblado que está lejos de ser austero en expresiones culturales cuya narrativa vinculante de lo “auténtico” y lo “fusionado”, así como su trazabilidad histórica son cada vez menos evidentes. La realidad nos exhibe la apropiación cultural con fines de lucro materializada en registros de patentes al por mayor,  así como la mercantilización de expresiones culturales de minorías, motivada por una suerte de colorización y búsqueda de lo ancestralmente fructífero por parte de otras minorías. La idea de patrimonio nos guía a plantearnos las interrogantes del tipo: ¿Qué merece ser reconocido como patrimonio y qué no? ¿Bajo qué criterios? ¿Por cuántos debe ser atribuido tal valor? ¿Cómo gestionar y asegurar el reparto de beneficios? ¿Cómo se patrimonializa la cultura cuando esta, por naturaleza no se mantiene estática? Y la que más provoca intriga, ¿Quién se dará a la tarea de ello?

Quisiera ilustrar lo anterior con una anécdota muy sencilla.

De mi paso por preparatoria guardo el recuerdo de una intensa conversación entre profesores del departamento de Ingeniería Agroindustrial de mi universidad. El asunto, un ambicioso proyecto propuesto por un par de tesistas emprendedores con el que buscaban el registro de la denominación de origen ¡del mole poblano! El argumento de la discordia : eran tantas las recetas producto de generaciones y que variaban en función de la abuelita, fonda, comunidad y región que el proyecto iniciado por aquellos valientes les había dejado un sabor de boca como el del mole mismo. Abortaron la misión. El componente ético se tornó punto decisivo en su labor: para lograr la denominación de origen de un producto se recurre al principio de homogeneidad en el procedimiento de elaboración culinaria. En el caso del mole ¡Crear una receta estándar de nuestro célebre platillo! Es decir, una vez generada y registrada la receta “original”, todas aquellas que no lo hicieran tal y como fue declarado en la denominación de origen no serían reconocidas como mole y en consecuencia serían declaradas piratas.  

Una propuesta patrimonial: ejercicio lúdico-subjetivo

Es momento de compartir con usted amable lector, el camino que me ha llevado a plantear mi propuesta patrimonial de una manifestación cultural practicada por muchos pero concientizada por pocos como tal.

Realizar un posgrado en el extranjero además de la contribución académico, permite descubrir una cultura diferente a la propia. Numerosas cenas en Francia departiendo con amigos [mis objetos de estudio] fueron levantando mis sospechas sobre la manera de celebrar ciertos momentos especiales en este país [análisis etnológico riguroso]. Y en efecto, aquello que había experimentado a la hora de comer pero que se me planteaba desafiante de teorizar se le acuñó la denominación de “repas gastronomique des Français“[Comida gastronómica de los Franceses] y desde 2010 forma parte del catálogo de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

El “repas gastronomique des Français” parte de un concepto sencillo. Es una práctica social tradicional consumada en una reunión entre amigos y/o familia que se festeja en momentos especiales y refuerza los lazos sociales. El arte de comer y beber bien es la columna vertebral de esta costumbre. “El placer del gusto”, declara la descripción del sitio de la UNESCO. Así, para aspirar a un mejor sabor, los productos deberán ser de la mejor calidad, locales, ¡qué mejor! El maridaje entre los platillos y bebidas es clave. Tampoco hay que subestimar el poder de la ambientación del lugar. Los gestos y estado anímico de los comensales resultan esenciales para que esta práctica sea todo un éxito pues se asiste con el fin de disfrutar de buena compañía y de buena comida.  

El ejemplo anterior me incitó a la reflexión ¿será que podamos proponer una nueva manifestación cultural mexicana que pueda ser catalogada como Patrimonio Cultural Inmaterial como lo son la charrería, el mariachi, el día de muertos y los voladores de Papantla?

La reseña sobre la comida gastronómica de los franceses me hizo evocar al extendido [aunque amenazado] y poco reconocido ritual practicado por los mexicanos para actuar ante el “mal de amores”. Si nos damos a la tarea de desmenuzar esta práctica realizaremos que en efecto, los mexicanos actuamos de formas muy particulares ante el inminente fin de una relación. Y que por lo tanto esta propuesta patrimonial no sería tan descabellada. A continuación sus principios básicos:

El objetivo del encuentro. Es cierto que cuando a una amiga o amigo querido pone fin a su historia de pareja, sus más cercanos se solidarizan con la causa y en el ambiente se percibe un aire de complicidad. Ahí todos van a hablar de amor-desamor, no se trata de evadir el asunto, sino de agotar el argumento entre todos. Quien tiene roto el corazón no puede permanecer en soledad y el mexicano lo sabe bien. La catarsis no será individual sino colectiva.

El lugar. De vital importancia, aunque se pueden tomar ciertas libertades en su elección. Simplemente debe obedecer a la flexibilidad que exige la situación. Un restaurante con mesa larga, por ejemplo, no sería buena idea porque influiría en la cercanía de la convivencia común con el o la agasajada(o) y se vería limitada la expresión física y verbal que obliga la expiación a la que se preparan los asistentes. La casa de algún miembro de la red de amistades, un bar con iluminación tenue, una cantina quizás, pueden ser sitios adecuados para llevar a cabo esta manifestación cultural. 

La melodía. Porque el fondo musical determina en gran medida el éxito del encuentro nocturno [nótese que no es a la hora del “Brunch”]. Los gustos musicales de los mexicanos podrán ser muy distintos, sin embargo, no podemos negar que en casos como estos existe una selección musical de culto obligada y conformada por el equipo José Alfredo-Chabela-Juanga-LaDúrcal-JoséJosé,  para más tarde “andar cambiando el nombre en base a lo que ha traído…”

El alcohol. Es el componente omnipresente de estas reuniones, sin embargo, no se ingiere cualquier modalidad de bebida alcohólica. ¡Beber mojitos, martinis, brandy o rompope durante el ritual no solo sería imprudente sino una aberración! El mexicano opta por aquellas bebidas espirituosas que lo conectan con la colectividad y el ambiente que se ha construido a lo largo del evento gracias a los factores antes citados. El tequila, mezcal, cerveza, pulque ¿y por qué no? whisky, resultan los mejores invitados en este suceso en el que la camaradería se manifiesta en su sentido más amplio y sincero.

Si usted, amable lector, desea contribuir en la mejora de este humilde pero ambicioso proyecto de propuesta mexicana sobre patrimonio intangible o simplemente continuar el intercambio de impresiones respecto al apasionante debate sobre el patrimonio y la identidad, no dude en dejar su valioso mensaje, el foro está abierto.

Federico Cantú (1907-1988), “La vida del arlequín II”, 1934.Óleo sobre tela

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