Juste la fin du monde (apuntes sobre el covid-19)

Rodolfo Morales. Sin título. Óleo sobre tela.

Amables lectores, doy parte del presente testimonio en mi condición de ciudadano confinado desde hace poco más de un mes al interior de un estudio de discreta superficie, lo común para un estudiante viviendo en París.

He titulado a  estas líneas en expresa alusión a la pieza de teatro de Jean-Luc Lagarce (1999, Ed. Les Solitaires Intempestifs) dadas las condiciones actuales que se prestan convenientes para efectuar un sencillo ejercicio de análisis con fines didácticos. El epíteto «Juste la fin du monde» es contundente. Remite al catastrofismo que suele cubrirse también por un halo de incrédula minimización de lo inevitable. Su autor creó la obra consciente de su condición crítica, para esas alturas los estragos provocados por el VIH se manifestaban en su organismo y se resentían manifiestamente en la sociedad de la época. «No es para tanto», dictaba el escritor a modo de epitafio: tan solo el fin del mundo. Presenciar el derrumbe de algo podría antojarse atractivo o vertiginoso desde la cómoda distancia, un délice morbide, recordando la singular y agria expresión de una querida colega. Lo anterior motiva mi convicción por compartir con usted, amable lector, mi apreciación como ciudadano respecto a la situación que ya compartimos a pesar de la distancia en la búsqueda por deshilvanar su trayectoria a lo largo de las últimas semanas, además de ser para un servidor el ejercicio ideal para desbordar por estos cuatro muros las variadas imágenes que mi mente produce con el paso veloz de los días.

La información corre sin cesar, sus usos y repercusiones han tomado varios tintes. Desde el mes de enero el tema del COVID-19 no ha dejado de fluir por los medios de comunicación europeos. En un principio se vislumbraba lejano, un mal «étranger», casi imposible de hacer mella a los sistemas de salud europeos que en su momento ante los medios informativos expresaban orgullosos su poder de respuesta ante cualquier amenaza sanitaria, facultad que hoy se ha visto rebasada y que ha generado gran descontento y cuestionamientos por parte de la sociedad hacia las políticas emprendidas por los gobiernos cuyos recortes al rubro de seguridad social se manifiestan en la incapacidad de los sistemas de salud para hacer frente a esta pandemia. Los hospitales no se dan abasto, las camas no son suficientes para atender a todos los pacientes y como es sabido desde hace ya semanas los equipos de servicios hospitalarios se han visto ante la disyuntiva de elegir a cuáles pacientes ofrecer atención médica en función de su edad (los jóvenes se salvan).

La antesala de la crisis por la pandemia actual puede ser ilustrada por la descripción que nos ofrece Camus en La Peste (Folio, 2008) sobre la reacción de la población de Orán al surgir los primeros casos de peste en aquella ciudad argelina:

«Nuestros conciudadanos, en ese sentido eran como todos los demás, pensaban en sí mismos: no creían en las plagas. La plaga no está a la altura del hombre, así que nos decimos a nosotros mismos que la plaga es irreal, tan solo un mal sueño que pasará. »

El padecimiento se percibía endémico de Asia. Las primeras víctimas en Francia irónicamente no sufrieron las consecuencias de la gripe ni de la fiebre: fueron dañadas por el señalamiento social. La marginación expresa hacia el otro, con certeza sabemos que es fruto de la desinformación. 

Soy de la opinión de que cada país es producto de sus circunstancias sociales e históricas y que son justamente estas los elementos que explican presente situación de los Estados en su particularidad. Asimismo coincido en lo expresado recién por el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador: «Es de mal gusto compararnos con otros países cuando se trata de desgracias». No obstante considero pertinente compartir una apreciación desde lo que percibo aquí en Francia.

Hasta el día de hoy se han contabilizado en México un total de 7.497casos confirmados de COVID-19. En el caso de Francia, la cuarentena convocada por el gobierno dio inicio formalmente el día martes 17 de marzo, con un aproximado de 6.500 casos confirmados siendo que los primeros casos se identificaron desde finales del mes de enero. En México, por su parte, los primeros casos fueron reportados desde finales de febrero. Hoy en día en Francia se calculan alrededor de 112.600 casos confirmados de covid-19. ¿Qué nos muestran las cifras? Una primera impresión sería que en México se tuvo el tiempo para manejar y planificar la contingencia que se anunciaba desafiante, como igual lo tuvo Francia, y sin embargo México sí actuó y está logrando resultados sin iguales en la gestión de esta grave situación. Días previos al inevitable confinamiento mientras caminaba por las calles de Paris constaté mi sutil sospecha, la población continuaba haciendo su vida como si no hubiera un mal viral azotando al mundo. Los restaurantes, centros comerciales y cines continuaban funcionando. Eso sí, los despidos de empleados no esenciales se generalizaban de manera discreta tanto en negocios esenciales como no esenciales. Por otro lado, los tapabocas y gel antibacterial brillaban por su ausencia en los anaqueles de las tiendas. El miedo es una extraña condición. Cada quien lo vive en la intimidad y actúa en consecuencia, sin embargo, sus efectos rebasan lo individual y trascienden en la esfera pública: quienes lo tomaron muy en serio acapararon y agotaron las existencias de productos de primera necesidad; quienes subestimaron la situación e hicieron caso omiso a las recomendaciones no solo se expusieron a sí mismos sino al colectivo.

No es un secreto la tendencia de los mexicanos a evocar tiempos de inmemorable estabilidad y bucólico bienestar que nuestro país jamás ha vivido. Nuestra historia es el de una nación joven y dispar que incita a sus habitantes a ejercer visiones encontradas al respecto: Chingona y noble para el «Viva México»; y también pinche y tercermundista a la hora de los moquetazos. Estos recursos narrativos han sido vistos como una respuesta efectiva para dotar de misticismo a nuestro cotidiano y poder equipararlo a una experiencia surrealista. Mientras tanto, la vida mexicana sigue su curso: trabajadores del sector salud son repudiados por ciudadanos temerosos; ciudadanos temerosos prenden fuego a hospitales que atenderían a pacientes contagiados; calificadoras internacionales impactan la economía nacional con sus notas crediticias; un presentador de noticias convoca a su público a desoír las recomendaciones de los expertos en epidemiología. Ante ello, el presidente evita la condena pública: lo llama amigo.

La intriga y la búsqueda del poder han moldeado la ruta del país. Hace quinientos años el actual territorio mexicano aun se repartía en señoríos que luchaban continuamente para asegurar: la supremacía para los poderosos y la permanencia para los dominados. Luego, casi doscientos atrás proclamamos nuestra independencia y dejamos de ser la Nueva España: las tremendas diferencias sociales no desaparecieron. Más recientemente, hace cien años, apaciguada la guerra revolucionaria se vislumbró un cierto proyecto hegemónico para construir una cultura uniforme y se nos aseguró que todos los mexicanos éramos los herederos del paraíso por el simple hecho de ser una raza cósmica (Ojo, aplica para algunos cuantos). Quizá por ello nos atribuimos toda la legitimidad para exigir lo imposible: opinamos sobre todos los temas con erudita institucionalidad siendo que el mexicano promedio lee medio libro al año; también nos rasgamos las vestiduras contra el cierre de la frontera norte, pero hace poco más de un mes ante los brotes de covid-19 se exigía al presidente convertir al país en un búnker: « ¡Cancelen los vuelos provenientes del extranjero!». Luego, cuando finalmente los vuelos se vieron reducidos muchos saltaron porque eso implicaría un impacto a la economía: «¡Qué irresponsabilidad la de las autoridades! »; alardeamos de nuestra empatía y calidez nata pero hubieron voces capaces de expresar su malestar ante la posibilidad de ayudar a los mexicanos varados en otros países a causa de la pandemia: «Ellos quisieron irse, que asuman las consecuencias ¿por qué habríamos de pagar su regreso? »; mucho se intercede en nombre de los pobres (casi la mitad de la población)  para fines lucrativos pero pocos toman partido ante la injusticia laboral que ahora viven (y desde mucho antes), por ejemplo, los obreros manufactureros en el norte del país; nos alborotamos al saber que el gobierno mantendrá los apoyos para grupos vulnerables así como cuando el mismo anuncia un paquete para apoyar a las micro, pequeñas y medianas empresas (que aportan al sector más de la mitad de sus ingresos) durante el periodo de incertidumbre en vez de entregar prestamente millones de dólares a empresarios : «no es suficiente, no alcanza ».

Tal vez la época tan añorada por algunos se remonta a uno o dos sexenios, cuando se adquiría deuda externa a costa de las finanzas públicas y se pactaba con capos de la droga. Aquellos luminosos días en que el presupuesto no se empleaba para los fines previstos: tratamientos contra el cáncer o viviendas para damnificados. Cuando quienes dirigían al país siempre estaban dispuestos a aprender solo con el fin de verse enriquecidos. ¡Qué tiempos cuando las impecables triangulaciones entre instituciones para estafar a la nación otorgaban certidumbre a los inversionistas, calificadoras y a uno que otro ciudadano desorientado!

Es en este instante cuando el délice morbide del que tanto hablaba mi colega adquiere todo su sentido. El ansia por el colapso es un nocivo recurso que se mantiene vivo en las mentes de unos cuantos. Para reclamar el premio en esta guerra de poder e intriga basta con llamar a la desestabilización incluso si los impactos perjudican al grueso de la población: total, es solo el fin del mundo ¿no?.

El misticismo provoca estragos en los mexicanos y nos hace revisitar tiempos remotos con paraísos y anunciaciones funestas. Cuentan que poco antes del arribo de los españoles se llegaron a escuchar los lastimeros sollozos de una mujer clamando: Mis hijos ¿A dónde iréis? ¿A dónde os podré llevar para que escapéis a tan funesto destino?.

Por mi parte iré hacia la ventana y me asomaré por ella. Esta noche aplaudiré en agradecimiento a quienes con sus acciones apuestan por un destino de solidaridad y fraternidad. ¿Para qué recurrir al mito impreciso si la realidad se nos revela tan sublime y cercana al cambio?.

 

 

Comentarios

joel
Respuesta

me parece de lo mas interesante tu articulo. sobre todo porque reflejas una realidad nacional , que a la fecha no ha cambiado suficiente.

Los momentos solidarios se hacen presentes hoy en dia , a causa de la crisis provocada por el virus, nuestro entorno en casa me impide dar los aplausos necesarios a los trabajadores de la salud, medicos , enferemeros -as , personal de apoyo, sin embargo nuestro corazon de adultos mayores estànm con ellos, en el caso de mi esposa salome, patricia, claudia, pily y mis queridos nietos paty y danito.

saludos hijo y un abrazo de todos los que te queremos.

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